Entrecejo


Ni la corona radiante
que Juan Manuel te soñara
para rematar tu Cara
de oro, piedra y brillantes.
Ni esmeraldas fulgurantes.
Ni la pluma de Pavón.
Ni tan siquiera el balcón
de la saeta de Marta.
Tu entrecejo, sí que harta,
de gozo a mi corazón.