El último ocaso


La tarde, por el manto,
inunda de consuelo
finales, de un anhelo,
que un Domingo empezó,
y en la noche, lo aguardo,
doblando las esquinas
para que mis retinas
recuerden su sabor.

El sol que lo recibe,
caído de espadañas,
con sus rayos engaña
a un ocaso final.
Después, la noche escribe,
envuelta entre azahares
con notas musicales
la dura realidad.

Su ida es el alivio
bajo un cielo abrileño
que impide que de un sueño
haya que despertar.
Su vuelta, es dolor tibio,
de sus siete puñales
que entre las blancas cales
anuncian el final.

La luz encandilada
del sol al terciopelo
oculta, que un anhelo,
se nos desvaneciera.
Y cuando es reflejada
la cera, en las miradas,
anuncia, derrotada,
inicios de otra espera.