Epílogo


Por Santa Isabel se escapa
entre azahares mi gloria,
allí es la última etapa
de las jornadas que atrapan
mis sueños en la memoria.

Todo empieza una mañana
de un Domingo deseado,
para morir en la plaza
que tu cortejo traspasa
dando luz a los naranjos.

Tu Providencia entre flores
enciende la oscuridad,
y el ocaso en tus Dolores
deja dorados colores
y aroma en tu Soledad.

Mi alma en el esplendor
abre su porosidad:
el oído escucha el son,
el olfato, incienso y flor,
y la vista, inmensidad.

Ahí Sevilla y yo acabamos
nuestro enamorado encuentro,
y soñando de su mano
otro Domingo de Ramos
la recojo en mis adentros.