Sonidos en el alba


Nadie escuchaba el sonido;
pero yo, sí lo escuchaba.
La mayoría de la gente
en el silencio quedaba
y a mí el silencio traía
sonidos de madrugada.
Una vez despuntó el día,
la plaza quieta quedaba
y aunque parezca mentira
hasta el amanecer sonaba
envuelto en trinos celestes
que los gorriones lanzaban
al ver largos capirotes
que hasta el dintel se acercaban.
Los vencejos por San Pablo,
en vuelo de filigranas,
esgrimían en su aleteo
la Cruz, que también sonaba,
sobre un racheo costalero
que el sonido intercalaba
con el crujir de caoba
cuando en el suelo posaba.
Mientras el paso dormía,
aún más el día despuntaba.
El esparto nazareno
sonaba con sus pisadas.
Los hachones con la brisa
de luz chisporroteaban
y casi sin darme cuenta,
Cristo la puerta cruzaba
mientras un sol de alba fresco
chorreaba en la fachada.
Siguió el sonido de esparto,
siguió abriendo la mañana,
siguió la cera cayendo
sobre calle adoquinada,
presagiando en su sonido
la llegada de la Gracia
en altar juanmanuelino
de bambalinas caladas
que entre golpe y golpe seco
sobre varales de plata
dejaban a la luz del día
pasearse por su Cara.
Mientras contemplaba el manto
perderse por la embocada
y el sol se seguía subiendo
por la dorada espadaña,
volvió de nuevo el silencio
y los sonidos callaban…
Los sonidos, que en Sevilla,
nos atraviesan el alma.