Traslado


Cuando en Triana atardece
el viernes previo a Cuaresma
y el sol se oculta despacio
en su cuna aljarafeña
tiñendo el cielo de añiles
anunciando luces nuevas,
un Divino Nazareno,
atado por sus muñecas
sobre una alfombra de flores
que flanquean maniguetas,
espera de nuevo el rito
de chicotadas pequeñas
que le lleven suavemente
al lugar de preferencia
donde presidir los cultos
que cada año celebran
los fieles y los devotos
que a orillas de esta ribera
intentan seguir sus pasos
hace décadas de décadas.

En la oscuridad del templo
y sobre un mar de cabezas,
se desplaza suavemente
rodeado de promesas
y del perfumado humo
que mana en su delantera.

Cera roja le precede
en ciriales que se elevan
cada vez que con sus pasos
al Altar Mayor se acerca,
y cuando Él llega a éste,
es cuando todo comienza:
El “Jorobao”, de Quinario.
Su Madre, luce de hebrea.

¡De nuevo brota el milagro
 y en Triana, es primavera!