Tú sabes...


Tú sabes, Señora mía,
que no te tengo olvidá,
lo que pasa es que en tu día
tengo mi alma encastrá
en la calle de Castilla,
donde a los pies de su Altar
la Expectación de los Cielos
deja su mano besar.
Pero cada dieciocho
de diciembre, sin faltar,
busco un hueco, y una Salve,
y te voy a visitar,
a decirte junto a un Arco,
que es tu Puerta Celestial,
que cuanto más años pasan,
más Guapa para mí estás;
y que Sevilla en tu Cara
tiene la Gloria ganá;
y que sin ti no hay sentido
en toda la cristiandad;
y que bendita la hora
que bajas desde tu altar
para repartir consuelo
a todo al que hacia Ti va;
y que sonríes y lloras
como nadie nunca hará;
y que sin Ti no habría Credo
ni Pasión ni eternidad;
y que dichoso me siento
cuando me acerco a mirar
la Mano que en el Adviento
entre un gentío singular
la Madre de Dios me ofrece
para poderla besar…
Y todo esto en Sevilla…
El Cielo puede esperar.