La devoción no se manda
en un paquete embalada
como un mueble de diseño
o un jarrón de porcelana.
La devoción tiene alma,
y un aura tan soberana
como los rezos prendidos
que el tiempo en ella guardara.
Quizás en otros lugares
las Imágenes Sagradas
se contemplen con el prisma
de museística estampa,
pero en Sevilla las vemos
un poquito más cercanas,
les confesamos las penas,
y también les damos gracias
cada vez que con su mano
esas penas nos amparan.
La devoción es Vecina,
vive junto a nuestra casa,
y cada vez que salimos
pasamos a saludarla,
a echar con Ella un ratito,
y en su Sagrada compaña
en la intimidad del Templo
algún piropo se escapa.
La devoción es historia,
con letras de oro guardada,
en el alma de mi tierra
y sobre su piel tatuada
por unos que antes que yo
sus penas ya le contaran,
y están abiertas al mundo,
no tienen dueña ni ama,
pero llevan tanto tiempo
escuchando en sus plegarias
un acento que es distinto
a otros de las españas,
que extrañan otros lenguajes
y si el aire se les cambia,
y le gusta de salir
entre azahar perfumada.
Así que si quiere verla,
y con su alma encontrarla,
véngase usted a Sevilla:
aquí tiene usted su casa.