Celeste y morado


El celeste que llevaba
de sus ojos en mis brazos
conjugaba con el raso
del cielo del Viernes Santo,
y el morado que brillaba
de su ropa con el sol
fue como la luz de un farol
que cubría el aire de encanto.

El celeste que miraba
por primera vez la tarde
en que un Nazareno hace alarde
de singulares perfiles,
se reflejaba y posaba
en el morado del raso
del que se aprendió los pasos
para ir estrenando abriles.

El celeste repartía
estampitas y miradas
bajo la luz estrenada
de un Viernes que fui soñando,
y el morado se caía
desde un ocaso trianero
mientras el abuelo el suelo
de babas iba llenando.