Quinto Domingo


La mañana luz me trae
y Atrio de puertas abiertas,
por donde asoma dispuesta
una Cara que me atrae.
Allí mi corazón se abstrae
de lo que a Ella rodea,
y cuando ya te recreas,
te das cuenta que le falta
plata y cera ante sus Plantas
y calle que la piropea.


Primer Domingo


A orillas de este río
que por Triana pasa
llenando de fragancias
este bello arrabal.
Con los últimos fríos
del domingo primero,
en cuaresmal estreno,
se cumple el ritual.

Buscando a un Nazareno
caminan los hermanos
para posar su mano
derecha en la Verdad,
y con gesto sereno
depositar un beso
mezclado con un rezo
en Reglas de Hermandad.

La lenta fila avanza
entre novel y anciano
y padres que a la mano
enseñan su Triana,
y entre todos se alcanza
el recuerdo de ausentes
para hacerlos presentes
en la hermosa mañana.

Es el primer domingo
del tiempo de Cuaresma
cuando una fiel promesa
salida a viva voz
convoca al compromiso
de una fe proclamada
con la que es renovada
la historia de La O.


Beso de Pascua


Ya llegan relajados nuestros pasos
para dejar los besos a tu lado;
cansados, tras el gozo disfrutado
de verte caminar entre tus rasos.

Tu puerta nos recibe con los lasos
de fiestas en ojales adornados;
nos despide, añorando lo pasado
y portando la flor de tu regazo.

La Pascua tiene olor a despedida.
Tus días, en su ocaso se adormecen.
Pesa el alma; igual pesan las piernas.

Cada vez, es más dura la partida
dejándote con besos que florecen
soñando con la luz de otra Cuaresma.


Nazareno de corazón


Quizás un corazón fuese culpable
llegándonos en vísperas de fiesta,
mientras que la Tertulia, queda presta,
esperando a un Mago venerable.

Un día para Albores, entrañable.
Tomate, bacalao: la propuesta.
La sonrisa de un niño: la gesta.
Secretos a un Rey, inconfesables.

Los mismos tertulianos, con agrado,
expresan por noviembre admiración:
Entregan Nazareno plateado

a quien en cofradías, pone pasión.
Esta vez, ha sido galardonado,
un Rey Mago, que trajo un corazón.


Blanca


Tu dolor es mi dolor.
Tu sonrisa, mi sonrisa.
Mi suelo, el que tú pisas
y tu aliento, mi calor.
Tu mirada es el amor.
Tu llanto, mi desconsuelo.
Tus ausencias, mis anhelos.
Tu existencia es la poesía
que va llenando mis días
de pedacitos de cielo.


Soneto de sueños


La clara luz del alba que un infante
veía cada Viernes de mañana
regando de frescores, la romana
Centuria que pasaba por delante,

marcaba de sonrisa su semblante
y asido a una reja de ventana
ya soñaba, muriéndose de ganas,
el ser de aquella Roma tan radiante.

La vida esa suerte le brindaba,
de noche entre plumas y nagüetas
cuando su descendencia ya esperaba.

Ahora es ella, quien busca las cornetas,
mientras otros soñamos madrugadas
de alba, y una reja con su nieta.


Noventa lustros


Noventa lustros llenando
de Dios la calle Castilla
donde sembró su semilla
y su fruto fue quedando.
Noventa lustros soñando
con carey que se quebranta
entre lirios que levantan
un Viernes, a un Nazareno,
de perfil bello y sereno
que va anudando gargantas.

Noventa lustros rezados
en Antífonas de Adviento
poniendo siempre el acento
en Nacimiento esperado.
Noventa lustros al lado
de su dolor y su gozo.
De su Nombre, como un pozo:
redondo y lleno de vida,
donde curar las heridas
y aliviarnos el sollozo.

Noventa lustros de orilla
y envites de agua de un río
que se rindió al desafío
de unir Triana y Sevilla.
Noventa lustros que brillan
en historia de esplendor.
Noventa lustros de amor
a una herencia recibida.
Noventa lustros de vida
de la Hermandad de La O.


Cerca de La Resolana


A la hora que su padre,
en pasacalle de plumas,
sueña "chicotás" de luna
a una Sentencia de arte,
nos trajo a Blanca su madre,
ocho de junio, al ocaso,
y ya vigila sus pasos
la que Esperanza reparte.


Mañanas


Mañanas ante tu encanto.
Solo, ante tu soledad.
Contemplando tu Verdad,
alivias mi desencanto.
Cubres el alma con el manto
de tu Divina realeza
llenando de fortaleza
a mi débil corazón
que, rendido en tu esplendor,
se entrega ante tu belleza.


Entrecejo


Ni la corona radiante
que Juan Manuel te soñara
para rematar tu Cara
de oro, piedra y brillantes.
Ni esmeraldas fulgurantes.
Ni la pluma de Pavón.
Ni tan siquiera el balcón
de la saeta de Marta.
Tu entrecejo, sí que harta,
de gozo a mi corazón.


Cuando el ocaso sale


El ocaso mortecino,
lleno de melancolía,
envuelve a la cofradía
al iniciar su camino.
El tintineo repentino
del Muñidor atraviesa
las puertas, recién abiertas,
de un Compás de bella estampa
donde un ciprés se levanta
mientras el aire lo apresa.

El Viernes ya apenas suena
sobre espadaña garbosa
que, con contraluces rosas,
presencia toda la escena.
Mientras, pausada y serena
sigue saliendo la fila
de capas negras vestida
sobre un hábito morado,
al igual que el enlutado
cielo al terminar el día.

Todo parece acabado
en ocaso, al derramarse,
por los últimos compases
de un Viernes Santo soñado.
Será entonces, escoltado,
por dieciocho ciriales,
cuando nos venga, suave,
entre el incienso cubierto,
Dios, reposando muerto,
en las faldas de su Madre.




Mediodía


El sol se alía con las calles,
y al llegar el mediodía
le pone a la cofradía
colores en sus detalles.
Ésta parece el entalle
de un natural de Maestranza.
Mientras, el exilio alcanza
posiciones en portales
que, ya no son de corrales,
pero la memoria alcanza.

Entre un gentío de colores
la oscura fila va abriendo
ese mar de sentimientos
lleno de viejos sabores.
Huele a cera junto a flores
y fogones de tabernas
que, alimentan la fraterna
reunión de antiguos vecinos
que entre lo humano y divino,
vuelven a su cuna eterna.

Y donde fueron criados
su Salud van a buscar,
para volver a encontrar
otro Miércoles soñado.
Viven juntos, y a su lado,
la intensidad del momento
que les produce el reencuentro
con su barrio y sus raíces…
Allí cierran cicatrices
desde un Refugio, hacia adentro.


Presbiterio de noviemmbre


Cuando el sol de noviembre,
con su luz mortecina,
retalla las esquinas
en ocasos en calma,
la Amargura desciende
ofreciendo sus manos
a modo sevillano
en San Juan de la Palma.

Cuando el otoño aprieta
sus contraluces ocres
golpeando cual azotes
las espadañas blancas,
el sol por la Barqueta
se piensa el esconderse
sin ir de nuevo a verle
y rendirse a sus Plantas.

Cuando se va acabando
ese tiempo difunto
de recuerdos adjuntos
a negras vestiduras,
nos llega destellando
el alivio sereno
que en un perfil moreno
desprende su Amargura.

Cuando aún el recuerdo
de su embroque en convento
nos llega, en el encuentro,
para besar sus manos,
se nos escapa el verbo
posándose en su Cara
soñando la luz clara
de otro Domingo de Ramos.


A un mes de Ti


De nuevo junto a Ti, otro Adviento,
en medio de un Altar de flor y cera.
Expectante belleza trianera
que ofrece con su Mano sus adentros.

En redonda vocal irá el acento
de todo el que arrimándose a tu vera
te nombre, y en tu Cara vea la Espera
de la Divinidad que llevas dentro.

Mocita que entre inciensos y alhucemas
presume de embarazo y se engalana.
¡Ay! Torre de David de Gracia llena

que al frío de diciembre pone llama.
Hermosa panacea de las penas
que anuncia Buena Nueva por Triana.